miércoles, 17 de marzo de 2010

Papá en la tribuna


“Los niños empiezan queriendo a sus padres;
cuando se hacen mayores, los juzgan;
algunas veces, los perdonan.”

Oscar Wilde

Si soy sincero reconozco que me hubiese gustado llegar a la primera división y vivir de los réditos de profesional el resto de la vida pero si no lo hice no fue por falta de condiciones.

Al viejo también le hubiese encantado. Siempre me lo restregaba cuando alguno de los que llegaron se asomaba por la televisión o la tapa de algún diario deportivo: "Míralo, si no te alcanzaba ni a los tacos de la bota” o “Ese la daba con la uña y ahí lo tienes, jugando la Copa de Europa, ¿y tú?”.

No sé si soy justo recordando esto ahora, pero las noches en una habitación de hospital dan para esto y mucho más. El tiempo parece echar el freno de mano y en esas te da tiempo a bajarte y hacer parada en muchos momentos que parecían haberse caído de la memoria.

Porque el viejo está mal y lo sabemos, y por eso estamos aquí todos haciendo las rutinas de la vida en pleno sanatorio, viviendo al borde del fuera de juego y rogando a Dios para que el pitido de los aparatos que lo mantienen en el partido no detenga su cadencia.

No fue repentino. Ya eran varios los días que andaba mal. La vieja también lo notó y me telefoneó para contarme que algo no marchaba bien. Yo, que no les veo tan a menudo, no le di mucha trascendencia a la denuncia de mamá. “Será el cambio de tiempo”, le dije para animarla.

No, no era el tiempo, ¡qué va¡. La culpa de todo la tenía un trombo que le atizó de lleno en la cabeza, le dejó medio cuerpo paralizado y un boquete tan grande en pleno cerebelo que a la mañana siguiente al ingreso ni siquiera supo quién era yo.

Desde entonces la cosa fue empeorando cada día. “Son casi setenta años”, nos decíamos entre los familiares, intentando animarnos al tiempo que íbamos despejando el camino para hacer más llevadero el mal trago.

Porque verlo ahí, amarrado a ese montón de tubos y sin poder defenderse a mí me llegó muy adentro.

“Ese no es mi viejo”, pensaba cada vez que apuntaba los ojos hacia él. Y es que la mayor parte del tiempo me la pasaba sujetando la cabeza entre las manos con un codo en cada rodilla y llorando sin parar, supongo que de rabia o vete tú a saber de qué.

El había sido defensa central en los regionales de nuestro club. Un jugador que nunca había pasado de discreto, de técnica discutible, que salía en el periódico porque la alineación era obligatoria, pero al que nadie jamás pudo discutirle su desgaste al saltar al terreno de juego.

Cuando conoció a mi madre tardó poco más de dos años en dejar de jugar. Eso creo que fue con treinta y pocos años y al poco me tuvieron a mí.

Recuerdo las mañanas de los sábados. Eran las mañanas de partido cuando éramos locales. A las nueve el viejo ya estaba sacándole lustre a los botines y preparándome los trastos para la batalla.

Arranqué en esto del fútbol en los alevines. Íbamos todos los amigos del colegio: los del A de Don Matías, los del B de Don Federico y los del C de Don Jesús. Entrenar era como un recreo pero más largo.

Antes de llegar al campo papá siempre se paraba en el bar de Paco y devoraba el Marca como si fuera un croissant gigante. Paco había jugado con él y se conocían desde niños. Los dos eran apasionados del fútbol, sólo que mi padre era del Real Madrid y Paco era del Barca. Aquellos minutos casi siempre derivaban en discusión. Que si el entrenador no tiene ni idea, que si tal o cual gana demasiado y al final siempre la misma despedida: “Paco, éste me va a retirar a mí del ladrillo, ya verás”.

Yo empecé jugando de lateral izquierdo porque zurdos no somos muchos, pero a mi padre nunca le gustó ese sitio para mí.

Cuando volvíamos en coche después del partido, o ya en casa, solía decirme que yo tenía que jugar más adelantado: “Lo que pasa es que ese que tenéis en el banquillo no sabe de esto. Si me hiciera caso a mí…”.

Al infantil pasamos sólo algunos y en el cadete sólo quedamos tres de los del principio. Entonces yo ya jugaba de volante por la izquierda y solían venir a vernos señores de equipos de la capital.

Lo del viejo fue a peor. Cuando atacábamos hacia la portería que da al pabellón yo caía por el lado de tribuna y allí estaba él haciendo de entrenador y pagando sus frustraciones con el colegiado o el tipo del banderín que cubría aquel lateral.

Aquello llegó a convertirse en algo insoportable. No iba mucha gente a vernos y eso fue lo que me hizo aguantar. Yo sé que en el fondo él quería lo mejor para mí, pero llegué a sentirme avergonzado cuando un “¡Hijoputa¡, ¿qué pitas?” o algo parecido salía de su boca en dirección al árbitro de turno.

Los partidos pasaron de ser una diversión a convertirse en un examen final. En el coche, en casa o en cualquier lugar y ante cualquiera que pasara por allí los análisis eran exhaustivos y sentencias del estilo “¡Cómo dejas que te ganen la espalda de esa manera¡” o “Si no le echas huevos a primera no llegas” se convirtieron en algo tan habitual como el desayuno.

No sé ahora muy bien en qué fecha del campeonato estábamos, creo que la doce o la trece. Ese día empecé en el banquillo, no porque hubiera alguno mejor que yo, si no porque quise tener un dolor en la parte posterior de la pierna. Y digo quise porque fue eso, una lesión que no era tal. No tenía ganas de jugar, simplemente era eso. Y no quería pasar por aquel lateral del campo donde mi viejo sacaba medio cuerpo por encima de la valla para amenazar a los rivales y a los jueces.
Tiré con la lesión hasta final de liga y el segundo año de cadetes ya no volví por allí.

Ahora que lo miro ahí entubado recuerdo el día que le dije que lo dejaba porque lo de la pierna no mejoraba.

“Pero si este año en primera vais a jugar contra estos y estos otros…”

Le costó asimilarlo, lo sé, y yo mismo pude sentir su pena, pero él mismo fue el que me apartó.

Por eso ahora que le queda poco necesito perdonarlo por lo que me hizo y también necesito pedirle perdón por haber matado su ilusión de verme jugando con los grandes y de paso obligarlo a tirar hasta hace nada encima de un andamio.

Voy a esperar un par de días, por si se recupera. Después de todo para ser un buen hijo no hace falta ir convocado por la selección nacional.

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